Aquí empieza mi historia.
Una niña que todavía no sabía cuánto iba a amar, perder y volver a empezar. Esta es la historia de cómo llegué hasta aquí.
Mis Grandes
Esta no es una vida perfecta. Es la historia de las personas, las pérdidas y los sueños que me fueron trayendo hasta aquí.
Todo empieza en 1986 ↓Una niña que todavía no sabía cuánto iba a amar, perder y volver a empezar. Esta es la historia de cómo llegué hasta aquí.
Tenía cinco años cuando mi madre compró su primer piso en Valencia. Era una casa muy chula, con un pasillo enorme. Lo que yo aún no podía saber era que, con el tiempo, quienes vivían en la puerta de al lado dejarían de ser solamente unos vecinos para convertirse en algo mucho más grande: esa familia que también se escoge.
Mi padre había fallecido cuando yo era muy pequeña. Crecí siendo una niña mimada y consentida, pero, sobre todo, muy feliz. Quizá no pasaba las tardes en el parque, pero mi madre me llevaba a sus quedadas con amigos y yo adoraba aquellos ratitos. Ese año hice la comunión y todavía la guardo como uno de los días más bonitos de mi infancia.
Nació el hijo de Sylvia, mi vecina, y enseguida se convirtió en «mi bicho», mi niño mimado. Yo todavía era muy joven para hacerme cargo de él, pero ayudaba mucho a cuidarlo. Siempre había sabido que quería trabajar con niños; quererle y acompañarle fueron, de alguna manera, mis primeras prácticas anticipadas.
Había sido periodista, escribía, dibujaba y vivía rodeada de más de diez mil libros, que reconocía por su color, su portada, su letra o su autor. Entonces le diagnosticaron una enfermedad de la vista y le explicaron que, con el tiempo, dejaría de ver con claridad. Mi madre cayó en una depresión. Aquella enfermedad no solo amenazaba su visión: también golpeó profundamente su manera de vivir, su identidad y todo aquello que amaba. En casa empezamos a comprender que hay noticias que cambian mucho más de lo que se ve.
Bueno, el título me lo dieron Sylvia y Jose, sus papás, pero ha sido siempre un orgullo llevarlo. Cuando volvieron al trabajo me quedé cuidándola y, cuando comenzó la escuela infantil, fui con ella. Acababa de terminar mis estudios y allí me ofrecieron hacer las prácticas. Después descubrí que el título no estaba homologado y tuve que volver a obtenerlo. No fue el camino más corto, pero sí el mío.
El verano en el pueblo había sido increíble. Pero, al volver, mi madre sufrió un infarto y tuvieron que inducirle el coma. Estuvo así casi dos meses. Para mí hubo un antes y un después: llegamos a despedirnos, le dieron la extremaunción y, al día siguiente, despertó. Aquel momento me enseñó que la vida puede romperte y devolverte la esperanza casi en el mismo suspiro.
Pasó algo que jamás habría imaginado: por las razones que fueran, Sylvia, su familia y yo tomamos rumbos diferentes. Para mí marcó un antes y un después. Tuve que empezar una vida sin aquella familia elegida y aprendí que hay personas a las que se puede echar de menos todos los días, incluso mientras una continúa caminando.
Después de muchas prácticas en centros diferentes, llegó mi primer contrato en una escuela infantil. Aprendí muchísimo. Sentí que todo el esfuerzo, las dudas y el camino repetido empezaban a encontrar su lugar. Aquello que siempre había sabido —que quería trabajar con niños— comenzaba a convertirse en mi vida.
Mi abuela llevaba casi cuatro años sin hablar por su demencia. Pero aquella noche, con la voz temblorosa, me dijo: «Chati, te quiero mucho». Chati era como ella me llamaba. Al día siguiente, mientras yo sostenía su mano, se fue. Fue una despedida dolorosa, pero también uno de los regalos más íntimos que la vida me ha dejado: pude volver a escuchar su voz y saber, una última vez, cuánto me quería.
Mi madre había estado ahorrando para ayudarme a hacerlo posible y juntas creamos la sociedad de mi escuela infantil, NATURA. Así comenzó una de las mejores aventuras de mi vida: un proyecto propio, lleno de ilusión, trabajo y niños.
Con el tiempo, muchas personas fueron entrando y saliendo del equipo, como ocurre en cualquier camino largo. Pero a quienes se lanzaron conmigo desde el principio siempre les guardaré un agradecimiento enorme. Ellas también ayudaron a convertir aquel sueño en un lugar real.
Mi madre falleció y mi vida se derrumbó en un instante. Desde aquel diagnóstico y aquel infarto se había quedado encamada; dejó de salir, de encontrarse con sus amigos, de dibujar y de trabajar. Pasaba los días en la cama, llorando. La mujer que yo conocía se había ido apagando mucho antes de marcharse.
Cuando murió sentí un dolor tan grande que no sabía si podría continuar. Pero antes de irse me pidió tres cosas: que fuera fuerte, que no vendiera la casa del pueblo y que fuera feliz. No sé de dónde saqué las fuerzas, pero continué. Lo hice con la cabeza bien alta y recordándola siempre como era antes de aquel diagnóstico: llena de palabras, dibujos, libros y vida.
«Sé fuerte. No vendas la casa del pueblo. Y sé feliz.»
Sonia y yo llevábamos un par de años juntas y compartíamos un deseo muy claro: formar una familia. En aquel momento, para que las dos pudiéramos ser reconocidas como madres, necesitábamos estar casadas. Así que nos casamos en el juzgado, rodeadas de la familia y los amigos más cercanos. Fue un día sencillo, bonito y muy nuestro; el primer paso visible hacia la familia que soñábamos construir.
Sonia dio a luz a Claudia y yo pude estar allí, dentro del quirófano, viendo con mis propios ojos aquella cesárea y el instante exacto en que comenzó una nueva vida. Cuando la vi llegar comprendí que nuestras vidas acababan de cambiar para siempre. Había nacido nuestra hija y, con ella, una forma de amor que hasta entonces no conocíamos.
Cuando supimos que venían dos bebés, los nervios y la ilusión nos atravesaron por completo. Esta vez era yo quien los llevaba dentro. Ya era mamá de la niña que iluminaba mi vida y, al mismo tiempo, sentía crecer en mí dos nuevas vidas que me quitaban la energía y hasta las ganas de comer, pero me acercaban al sueño que siempre había tenido. Todo estaba ocurriendo, multiplicado por dos.
Hugo y Noa tenían que haber nacido al año siguiente, pero decidieron llegar demasiado pronto. Nacieron como prematuros extremos, con 27 semanas y 3 días. De repente, el embarazo, los planes y la vida que habíamos imaginado quedaron atrás. Aquel día me convertí de nuevo en mamá y entramos en un mundo de incubadoras, cables, alarmas y palabras que todavía no comprendíamos. Desde entonces, aprendimos a vivir respiración a respiración.
Noa tuvo que ser operada del ductus arterioso, un conducto del corazón que normalmente se cierra después de nacer, pero que en los bebés muy prematuros puede permanecer abierto. Hugo pudo recibir la medicación necesaria para ayudar a cerrarlo. Noa, en cambio, tenía sangrado en los pulmones y no pudo tomarla, así que tuvieron que operarla.
Después de la operación sufrió un neumotórax. Tengo recuerdos lejanos de aquellos días, pero nunca olvidaré a la pediatra cuando vino a explicarnos que iban a intentar algo que nunca habían hecho así en un bebé tan pequeño. Yo no dejaba de mirarla. Estaba seria, pero su rostro transmitía seguridad. Entonces nos dijo: «No nos vamos a mover de su lado».
Y así fue. Al día siguiente, dentro de su gravedad, Noa estaba bien. Solo tengo palabras de agradecimiento para todo el equipo de pediatría y enfermería que cuidó de nuestros hijos en aquel hospital.
Los días eran como una montaña rusa: unos días estábamos arriba y otros abajo. Pero nunca perdimos la esperanza.
Entre las extracciones de leche, las tres visitas diarias y aquellos pitidos infernales que se nos quedaban grabados en la cabeza, llegó el gran día. Entramos por la puerta y descubrimos, para nuestra sorpresa, que los dos estaban desintubados.
Hugo llevaba sus gafitas de oxígeno y Noa todavía necesitaba la ayuda de la CPAP, pero ya podíamos cogerlos. El 15 de enero los tuvimos en brazos por primera vez. Entonces entendí que tenía la inmensa suerte de ser mamá de tres hijos maravillosos.
Mañana seguiremos añadiendo recuerdos, fechas y momentos a este camino.
Y aprendimos a quererla, a comprenderla y a caminarla juntos.
Ahora sí, queremos presentarnos sin reducir a nadie a una etiqueta.
Claudia es la hermana mayor. No está al lado de esta historia: forma parte de ella. Ha crecido aprendiendo otras maneras de jugar, de comunicarse, de esperar y de acompañar. Ha aprendido a mirar más allá de las etiquetas, con una mirada llena de amor. Pero no podemos olvidar que ella es Claudia, con su vida, su espacio y su niñez. Lo que más le gusta son sus gatos, Mandarina y Manchitas. Creo que han sido uno de los mejores regalos que ha recibido y una compañía preciosa para seguir creciendo y evolucionando.
Hugo es intenso, inquieto y capaz de encontrar caminos donde los demás solo vemos obstáculos. Se comunica sin palabras: utiliza una tablet con la mano, está empezando con la lengua de signos y también tenemos nuestro propio lenguaje. Tiene parálisis cerebral, sordera profunda y autismo grado 3, pero ningún diagnóstico podría describir cómo es él. Sí puedo decir que el autismo ha marcado un antes y un después para cada miembro de esta familia.
Noa es alegría y aventura. Con una mirada es capaz de hablarte. Tiene parálisis cerebral y sordera profunda, y nos recuerda cada día que comunicarse no siempre significa hablar y que participar importa más que hacerlo todo de la misma manera. Noa nació con un cuerpo que no siempre puede acompañar todo lo que ella quiere hacer, pero es la persona más guerrera del planeta: la que mejor se lo pasa y la que más disfruta. Esa es Noa.
Yo soy la madre de Claudia, Hugo y Noa, pero también soy Laura. Soy educadora infantil y he sido directora de una escuela infantil. La vida me ha obligado a aprender, a caerme y a reconstruirme. Hoy convierto todo lo vivido en acompañamiento, visibilidad y cambio. No solo por Mis Grandes Guerreros, sino por todos los guerreros que hay en el mundo.
En este vídeo te cuento quién soy y te presento a Claudia, Hugo y Noa: las personas que dieron sentido y voz a Mis Grandes Guerreros.
Ver directamente en Instagram ↗No solamente como madre de Claudia, Hugo y Noa. También como la mujer que ha sentido miedo, culpa, cansancio, rabia y un amor difícil de explicar. Este será mi lugar para poner palabras a lo que muchas veces vivimos en silencio.
Conocer a Laura →“Somos diferentes, pero juntos somos inquebrantables.”
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